Jesús nuestro reposo


Jesús nuestro reposo
Él es la gracia del sábado porque él es su por qué.

Juan Francisco Altamirano

Dios volverá a darnos la bienvenida en su día sábado 
sin pensar que lo hemos ignorado tantas veces. 
Su amor está sediento de descansarnos de esto.

PARA IMAGINAR 

Una noche, después de la puesta de sol del sábado, Dios esperaba sentado en tu habitación. Te sorprendes. Su mirada inclinada se recubre con un velo de lágrimas que lo dice todo. Te acercas, tratas de comprenderlo y preguntas: “¿qué pasó?” Hay una pausa… su voz se quiebra, lleva las manos a su cabeza inclinada y escuchas las siguientes palabras empujadas con la combustión de su amor: “Te esperé todo el día. Deseé que me buscaras. Suspiré por compartir el día contigo. Te vi pasar pero no viniste a mí. Tuviste un sábado sin haber descansado en mí”. 

Reenfocas y ves tu rostro grabado en una lágrima. Atraído te reclinas. Sus brazos te rodean, te acogen. Te acomodas en su pecho. Su voz no te condena, pero su gesto ha propiciado un monólogo en el altar de tu corazón: ¿qué significa el sábado para un Dios que me ama así? Esta pregunta espera una sola respuesta: la tuya… 

PARA MEDITAR 

“Dios les advierte: ¿Por qué me traen tantos animales para presentarlos en mi altar? 
¡Ya estoy harto de esas ofrendas; 
me da asco ver tanta sangre de toros, carneros y cabritos! 
Yo nunca les he pedido que me traigan esos animales cuando vienen a adorarme; 
solo vienen a ensuciar mi templo y a burlarse de mí. ¡Váyanse de mi templo! 
¡Para mí, esas ofrendas no tienen ningún valor! ¡Ya no quiero que las traigan! 
Y no me ofrezcan incienso porque ya no lo soporto. 
Tampoco soporto sus fiestas de sábado 
y luna nueva, ni reuniones de gente malvada. 
Me resultan tan molestas que ya no las aguanto. 
Ustedes oran mucho, y al orar levantan las manos, pero yo no los veo ni los escucho. 
¡Han matado a tanta gente que las manos que levantan están manchadas de sangre! 
¡Dejen ya de pecar! ¡No quiero ver su maldad! 
¡Dejen ya de hacer lo malo y aprendan a hacer lo bueno! 
Ayuden al maltratado, traten con justicia al huérfano y defiendan a la viuda. 
Vengan ya vamos a discutir en serio, a ver si nos ponemos de acuerdo. 
Si ustedes me obedecen, 
yo los perdonaré. Sus pecados los han manchado como con tinta roja; 
pero yo los limpiaré. ¡Los dejaré blancos como la nieve!” (Isaías 1:11-18 BT). 

PARA EXAMINAR

Jesús sosiega, él es paz. Te recibe, acepta, y comprende. Jesús es serenidad, tranquiliza y orienta. De voz pacífica y acento paciente, su palabra es descanso. Es enérgico mas no alterado; sereno y no taimado, manso y acertado. Inspira y provoca suspiros. ¡Jesús, el Poeta del alma! De porte gallardo, Dios caballero. ¡Él es Jesús, el único Jesús!

Su presencia genera confianza. Sus brazos rodean y abarcan, son muros de seguridad. Sientes quietud a pesar del pánico. Las preocupaciones se asoman y asechan, pero no atrapan. Jesús es descanso. La desesperación no burla intrusa con el disfraz de la acción, ni el rugido del apuro acelera tu paso en su presencia; aquél se aleja, se esfuma.

Cuán bien te sientes al estar con Jesús, y así lo interiorizas, ahí, detrás del pecho, en tu propio patio. Afuera ruge el turbión, hay turbación. La humanidad intuye el conteo regresivo hacia la muerte. La existencia se mueve a la velocidad del terror. Las multitudes empujan o aplastan. Decibeles y ritmos; gritos, presiones, plazos y pagos vencidos. Sin prórrogas, nadie espera nada. Sobrevive el que embarga primero.

Un vendaval demente de ansiedad bramará sin clemencia. Las crisis derrumban con ese cansancio que aparece justo antes de que la gente se dé por vencida, y renuncie a la vida. ¿Será en balde suspirar por una respuesta “superior”, porque no existe ninguna? ¡No, no! ¡Mil veces no! ¿Huesos sostenidos por músculos, recubiertos de piel con vellos, estresados y nada más? No… tampoco. Mira en tu interior y lee en la etiqueta que llevas por dentro. Tienes la firma de Dios, tu creador. ¡Felicidades! Eres su obra de arte. Dios conserva una foto tuya en el álbum de su corazón, ¡y los ángeles te admiran!

Sabes entonces por qué amarte…, con pecas o con lunares, con cicatrices o con manchas, con libras de más o con flácido empaque muscular. Eres valioso, no por las apariencias o los diplomas sino, porque has sido creado por Dios, a su imagen, a su semejanza.

Jesús es la única medida de tu único valor. Ahora cierra tus brazos porque él ya te abrazó. Sus párpados se juntan arrullados, plácidos de comodidad. Su cabeza descansa inclinada sobre tu rostro. ¡Siéntelo! ¡Cómo te disfruta! Luce imperturbable. Su tranquilidad es sanidad para tu vida.

Lo contemplas y es irresistible. Invita a descansar. A dejar de luchar. A confiar en él y a abandonarse desvalido, aún tenso, sin forcejeos ni resistencias. Como se ajuste mejor a tu historia: con vaivenes, fobias, nerviosidades, en fin, o tal vez con esa sospecha de que algo pueda pasar… quién sabe qué, pero algo…

Jesús no puede resistir la atracción de las almas amedrentadas, tensas, apresuradas, frenéticas ante el trajín, adictas a la competencia, víctimas del tedio y la rutina, con el agua hasta el cuello. Jesús no esquiva ni rehuye; nos busca, nos vivifica con su encanto. Él dormita al intranquilo corazón, al de latir acelerado. Jesús trae la calma del bosque, su silencio, su solemnidad.

Él llega en el suave gorgoteo del riachuelo que se introduce silencioso a nuestro ser desequilibrado, embriagado de ruido.

Él nos apacigua para contemplar las pinceladas doradas de un amanecer, para inclinarnos a apreciar la fragancia ignota de una flor silvestre, para servirle azúcar a la abejita obrera desvanecida sobre el suelo, para volver a escuchar las mismas historias de aquel querido viejo, y para entender el cuento a retazos del niño que apenas balbucea.

Jesús es majestuoso. Relajado. Sereno cual cedro inalterable. Confiable, consistente, predecible. Él se halla a cargo de todo. Todo lo controla sin obsesión. Es poderoso, nada le intimida. El miedo le teme y huye de su presencia, con la cola entre las piernas.

En Jesús la alteración no tiene admisión. Su presencia la resiste. Las tormentas se le inclinan. Ceden. Las hace cesar. Convierte vidas violentas y turbulentas. Solo con su paz. Sin movimientos tempestuosos ni gestos impulsivos. Los rayos de la ira languidecen a su paso. Los truenos del rencor enmudecen ante el susurro de su perdón. Todo carácter endemoniado se humilla ante él. Sus bravuras se someten ante sus órdenes. Obsérvalas emparejadas al son de su voz, y escucha que de sus retumbos se musita una suave canción. Las aguas armonizadas no salpican rastros de haberse soliviantado.

Jesús camina sobre las aflicciones, las somete, las doma. Las pone en su lugar replegadas a sus límites. Sus brisas de quietud predominan sin violencia. Su paz llega con el favor de su amor. Jesús gobierna, libre, sin tiranías, con el poder de su compasión. Sin abusos y sin amenazas. Atrae porque es el Señor. Sus huellas no violan ni siquiera la arena. Apaciguados, le seguimos imantados. Suyos desde siempre.

El alma se agita, por Cristo grita; el corazón se cansa, de Jesús es la bonanza. La mente se agota, el Salvador la conforta; el cuerpo sucumbe, ¡que en Cristo se derrumbe!

El galileo de sandalias polvorientas, de semblante sereno y mirar de alborada, nos reencuentra con el eco de su voz y se aparece oportuno en ese tierno susurro, el único que sobre los siglos llama y nos cautiva. Escucha su llamada: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana” (Mateo 11:28-30 NVI).

Derribados. Extenuados. Sin fuerzas para seguir. Suspiramos profundo. De Jesús ansiamos, su pureza moral, su sobredosis de aliento, sus fuerzas, su paciencia, y su amor para perdonar. El descanso no es cabaña de verano frente a aguas turquesas. No es técnica de relajación, ni tampoco religiosidad, el descanso es Jesús; su Persona, no su día.

Jesús. Su quietud de ser él, no recinto; persona, no geografía. El descanso para la barbarie humana, para nuestras quejas y ansiedades. Jesucristo, “Poderoso gigante”, “Príncipe de Paz” (Jeremías 20:11; Isaías 9:6). Jesús, el de hablar aplomado y seguro. El que garantiza lo que dice, y quien se inclina y nos murmulla: “No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí” (Juan 14:1 NVI). Él asegura: “yo les daré descanso”. Jesús es el reposo, el sábado del corazón humano.

El que nos dice “vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso”, es Jesús y no es costumbre. Las religiones exigen obras, Jesús las suple. Él es nuestro sábado, nuestro reposo; en aquello y en todo. Aunque bramen las aguas permanezcamos en él. Serenos bajo sus alas. No habrá sobresaltos repentinos. Jesús, nuestra paz más ansiada.

Jesús, el reposo del ser humano, es por lo tanto, el Amo y Señor de su día. Él mismo enseñó que “el sábado se hizo para el bien del hombre, y no el hombre para el sábado. En fin, el Hijo del Hombre aún del sábado es dueño” (Marcos 2:27, 28 Versión Félix Torres Amat).

En Jesús se reúnen la humanidad y el sábado. Él se identifica con el sábado porque éste se identifica con el hombre. Ambos son suyos. En el sexto día de la creación hizo al primero, y en el séptimo, al segundo.

Aceptar a Jesucristo es aceptar al sábado, su día en honor de ser creador. El sábado no es el día de una religión, es el día de Jesús. Es el día de Jesús porque él es el objeto de la adoración, y es el día de la humanidad porque ella es el objeto del beneficio.

Respetar la santidad del sábado es respetar la santidad de Jesús. Encontrar descanso en Cristo es encontrar descanso en su día. Jesús y el sábado son uno solo. Indivisibles. Sin líneas punteadas de separación.

El sábado fue dado para beneficio del hombre pero éste no lo posee, lo experimenta; no lo manipula, lo santifica. El hombre lo vive, no lo legisla. El que dijo “acuérdate del sábado, para consagrarlo” (Éxodo 20:8 NVI), también reglamentó: “Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios. No hagas en ese día ningún trabajo…” (Éxodo 20:9, 10 NVI). El sábado no existe para excusar la ausencia laboral. El sábado es para “honrar al Señor”, no a la ociosidad.

La “delicia” del sábado no es dormir más, es descansar en Jesús. Solo en él se halla el gozo de la cumbre (Isaías 58:13, 14 NVI). Entrar al sábado es entrar en Jesús. Sin él, hay días séptimos pero no sábados. Un asueto semanal pero no descanso. “Por tanto, puesto que falta que algunos entren en él… queda un reposo para el pueblo de Dios”, nos advierte el apóstol (Hebreos 4:6, 9).

Observar el sábado es vivir a Jesús, es encarnarlo; al Cristo compasivo, dentro y fuera de sus horas, más allá del templo. Es piedad, no condenación. Es irradiar serenidad: la suya. Es deponer en Cristo: el derecho al reclamo, el juzgar a quien lo adora, la masculla de calumnias. Vivir el sábado es dejar de actuar con Dios, es vivir con él. Es escuchar con sus oídos, es esperar su respuesta. Es mirar a través de sus ojos y sentir con su corazón.

El sábado sin Jesús es otra función de ritos burlescos, el espectáculo religioso al final de otra semana de afanes. Fingimiento. Teatro. Comedia. El envoltorio encerado que se desecha de un caramelo. Una lata de colección en el cuarto del adolescente. Dios ha quedado en búsqueda de contenido. ¿Quién no se chasquearía al abrir el regalo del día de cumpleaños, si hallara solo unas hojas retorcidas de papel periódico?

El sábado observado sin Jesús no es una broma de mal gusto. Dime tú la palabra que cabe entre la parodia y la santurronería. Y Dios volverá a darnos la bienvenida en su día sábado sin pensar que lo hemos ignorado tantas veces. Su amor está sediento de descansarnos de esto. Su gracia es la sustancia del sábado porque Jesús es el porqué de ambos.

Jesús no necesita lo nuestro en su día, él aguarda por nosotros. El beneficio del sábado para el hombre no es el tiempo, es la Persona. Es Jesús. El sábado es para la rendición del hombre a Dios. Para frenar y dimitir de sí mismo, para cesar en él, para dejar que nuestros corazones caigan así de tensos, rendidos, dispuestos a ser renovados. Para reconocer lo que somos: no autónomos, sino solo dependientes suyos. Insuficientes sin él, incapaces, tal vez un suspiro, más exacto: nada.

El “acuérdate” del sábado es Jesús: lo esencial, lo vital, lo total. Lo único, lo indispensable. Él. Es posible haber encontrado el día de descanso, el sábado, según la Biblia, pero no haber hallado a quien dijo “yo les daré descanso”. Guardar el séptimo día sin Jesús equivale a nada. Un sábado sin Jesús vale menos que un domingo con él. ¿Quién se atrevería a visitar un banco para abrir una cuenta de ahorros con un billete broma de un trillón de dólares? Nosotros lo hemos hecho al pretender honrar al día sin honrarlo a él.

El sábado es con Jesús, sin nuestros “noes”. Guardar el sábado sin Jesús es preguntar por lo prohibido para cuidar las apariencias, creer ser la norma y auto exaltarse. Guardarlo con Jesús es vivirlo con él, con su compasión, para servir agua en verano, para repartir frazadas en invierno, para dar a conocer a Jesús, su autor. Bajo su voz y con una sola conciencia: la de Jesús, el dueño del sábado. El sábado es la señal de su santidad (Éxodo 31:13) porque nos encarna la compasión de Jesús, el único Santificador (Hebreos 13:12). Es ser Jesús para quienes no les agradamos. Guardar el sábado es ser la esperanza para quienes sienten que nos han chasqueado, santificarlo también es expresarse bien de quienes nos han calumniado. El sábado es nuestra mano abierta al otro.

Guardar el sábado es sanar como Jesús ama. Amar como él sana. Es dar dignidad a los denigrados, y perdón a los desalmados. Es ser Jesús para el que implora protagonismo haciéndose víctima, y serlo para la víctima sin nada de protagonismo. La compasión sin límites es la exactitud de la santidad del sábado. Toda norma inferior es apenas egoísmo envuelto de religiosidad. El sábado no es culto, el sábado es Jesús. Vivir en él para guardarlo con él.

El sábado es el “shalom” de Dios vaciado en nuestro tiempo: su paz, su plenitud, su bienestar, su armonía, su tranquilidad. Jesús es nuestro sábado, él es nuestro “shalom”. Él es el pacificador, la armonía, el restaurador, es el todo del sábado.

Observar el sábado es construir puentes, reparar relaciones, liberar rencores, cerrar heridas. Deshonrar a Shalom es consentir el rencor y la contienda, antípodas de Jesús, autor del sábado.

El sábado, como su Señor, solo se deleita cuando se comparte su paz con los demás, cuando nos entregamos al bienestar de otros como cristos vivos, en culto al Cristo que sanó leprosos. Guardar el sábado no envanece, condesciende, incluye, y no aísla. Respeta, no impone, pregunta, no ordena. El sábado es dejar en libertad de por vida a las esclavas domésticas que trabajan día y noche por salarios de miseria. Es ser Jesús para quien "la cultura" le ha robado sus derechos. Santificar el sábado es convertir nuestros templos en centros de asistencia populares, es convivir con Dios quien padece hambre con quienes salen a buscar sin garantías sociales el pan diario.

Su voz quiere darnos descanso de nuestra superficialidad de guardar su sábado lejos de los demás, en el día que hizo para beneficio de la humanidad. 
 
“Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él” (Salmos 118:24).


El autor es escritor residente en el Estado de Idaho y ejerce como pastor
en la ciudad de Nampa (Asociación de Idaho). 
Sus escritos pueden ser leídos en www.jesusvistopordentro.com 
y él puede ser contactado a través de 
aplantar@gmail.com, o seguido en Twitter: @Jesusvpdentro.



3 comentarios:

  1. Gracias Juan Francisco por explicar lo que algunos hemos pensado muchas veces, el sábado sin Jesús es mero rito legalista. Gracias.

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  2. Que delicia leer este articulo que nos recuerda que los que hemos recibido la gracia, hemos de aceptar decididamente reposar de continuo en Jesús nuestro reposo.

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  3. Excelente!! Me gustó mucho la forma en que está escrito. Esta es la manera correcta de comprender la esencia del sábado. Ideal para compartirlo en la iglesia. Muchas gracias hermano!

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