EL RINCÓN TEOLÓGICO. ¿Quién eres tú?. Mario Pereyra

¿Quién eres tú?


Mario Pereyra

Vox clamantis in deserto.

En el evangelio de Juan se narra cuando el Bautista es interpelado por ciertos dignatarios, que plantean una interrogante fundamental de la vida humana, aplicable a todos los tiempos. En su estilo dinámico y diáfano, con esa irradiación suave y fresca que emerge de este remanso de sabiduría, se aborda una problemática clave del hombre contemporáneo: la identidad. El relato en cuestión, es el siguiente:

"Los judíos de Jerusalén enviaron sacerdotes y levitas a Juan, a preguntarle quién era. Y él confesó claramente:
- Yo no soy el Mesías.
Le volvieron a preguntar:
- ¿Quién eres, pues? ¿El profeta Elías?
Juan dijo:
- No lo soy.
Ellos insistieron:
- Entonces, ¿eres el profeta que ha de venir?
Contestó:
- No.
Le dijeron:
- ¿Quién eres, pues? Tenemos que llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué nos puedes decir de ti mismo?
Juan les contesto:
- Yo soy una voz que grita en el desierto: ‘Abran un camino derecho para el Señor’, tal como dijo el profeta Isaías.
Los que fueron enviados por los fariseos a hablar con Juan, le preguntaron:
- Pues si no eres el Mesías, ni Elías ni el profeta, ¿por qué bautizas?
Juan les contestó:
- Yo bautizo con agua; pero entre ustedes hay uno que no conocen y que viene después de mí. Yo ni siguiera merezco desatarle la correa de sus sandalias.
Todo esto sucedió en el lugar llamado Betania, al oriente del río Jordán, donde Juan estaba bautizan­do". San Juan 1: 19-27 (DHH).

El diálogo ágil, claro y trasparente, en el que se suceden las preguntas y respuestas; atrae por su dinámica, sentido de confrontación, agudeza y densidad conceptual. La trama del relato está articula­da sobre el eje de una pregunta clave: ¿Quién eres tú? Es la interrogante que interpela por la esencia propia y definitoria de la persona que somos cada uno. Resulta claro que la cuestión no se satisface diciendo simplemente, "yo soy fulano de tal" o mostrando un documento, como se hace ante un agente policial que nos aborda en el camino, demandando identificación. Aquí la pregunta no apunta al nombre sino al portador del nombre, esto es, la persona. El, ¿quién eres tú?, nos confronta con nuestro destino y sentido de vida, con nuestra historia y futuro, con el significado de la existencia y del accionar en el mundo. Una cuestión que convoca los valores e invoca la conciencia, que promueve la reflexión sobre uno mismo y la evaluación personal. Se trata de un asunto básico porque es el fundamento o apoyatura que sostiene todos los otros aspectos de la personalidad. Una interro­gante que se instala en la médula de la definición de la identidad personal.

Hay tres datos llamativos del relato, que refuerzan y amplían el significado del tema: la ubicación espacial, la ubicación temporal y la cuestión en discusión. Se informa que el incidente ocurrió en Betania, población situada en las fronteras de Israel, próxima al río Jordán, límite del territorio judío. Asimismo, el episodio aconteció a principios del evangelio de Juan, inmediatamente después de la introducción, durante la "semana inaugural" del anuncio del mensaje cristiano. En consecuencia, tanto desde la perspectiva geográfica como temporal, el relato se instala en una doble coyuntura, la de los límites e inicios. Esa condición fronteriza e inaugural son también componentes centrales de la identidad, ya que ella constituye el punto de partida que marca las fronteras de la vida. El tercer aspecto consolida el paralelismo, es el bautismo como tema de polémica. Ese acto es constituyen­te de la identidad cristiana; es la expresión pública que da testimonio de la decisión de iniciar una nueva vida bajos los auspicios de Dios, asumiendo los comportamientos propios del creyente. La asunción de valores directrices es quizá el anclaje principal de la identidad.

El texto del evangelio citado presenta un notable ejemplo de personalidad auténtica, con indicadores orientadores de como se gesta la identidad. En primer lugar, llama la atención el contraste entre Juan y los enviados. Los sacerdotes y levitas al principio no se identifican, aparecen como “enviados” de los "judíos", que después se descubre que son los mismos fariseos. Mientras Juan se define con claridad sus interlocutores permanecen ocultos entre las sombras de la ambigüe­dad. En ese sentido, contrasta la expresión sobria, firme y clara del Bautista con la actitud inquisidora y, por momentos, perpleja e inquieta de los judíos. Es la antítesis entre el carácter íntegro y la difusión de la identidad. Erik Erikson (1977), experto en estos temas, ha mostrado que la difusión de la identidad es típica de los adolescentes o de aquellos que han quedado amarrados a esa etapa de la vida. Son los que todavía no han logrado organizar los diferentes componentes de su personalidad porque conservan aspectos infantiles junto con otros adultos, mantienen conductas primitivas con otras más evolucionadas, no han desarrollado un pensamiento autónoma y definido su sentido de vida. Por su parte, la coherencia implica congruencia consigo mismo. Es quien sabe lo que quiere y conoce cuál es su lugar y misión en el mundo. Los "enviados" actúan como adolescentes, vienen en "barra", al estilo de las pandillas juveniles, nadie se individualiza, todavía no han consumado el proceso de diferenciación que los distinga como individuos, independientes, responsables y comprometidos con sus actos. En ese punto, Juan da una lección brillante de como se alcanza tal objetivo.

Existen dos etapas en el proceso de formación de la identidad, que aparecen claramente en el relato: 1) la etapa negativa, que se expresa en la fórmula, "No, yo no soy" y 2) la etapa positiva, formulada por, "Yo soy". La identidad se procesa en el tiempo. Primero se inicia con la afirmación de sí mismo por medio de la negación. Es una manera de diferenciarse. En el niño, los comienzos de la conciencia personal o de emergencia del yo se inicia en torno a los tres años a través del negativismo. Es cuando el niño repite hasta el hartazgo, "¡No quielo!" Es una forma de decir "aquí estoy yo", una expresión de reafirmación de su personalidad. Esa fase se repite en la pubertad y durante la adolescencia media. Por otra parte, el "no" es un indicador de límites, un término que separa y diferencia, decimos lo que no queremos, lo que no deseamos, lo que no es nuestro, lo cual equivale, lo que no somos. No está mal que el niño o el adolescente manifieste sus "noes", lo malo son reforzarlos con caprichos, imposiciones o prepotencia, es decir, quedar fijado al negativismo en forma obcecada, sin aceptar razones y sin avanzar a la etapa positiva. Incluso es formativo el ser firme y decidido en los noes nocivos; abstenerse de lo malo, negarse a las inmoralidades, rechazar las cosas sucias o turbias. Es la capacidad de decir, "yo no soy corrupto", "no soy vicioso", "no soy un malvado". Gran parte de los problemas de la sociedad actual se debe a la incapacidad de decir "no", de no aplicar la ley de la abstinencia, tanto en las drogas destructivas (tabaco, alcohol, cocaína, etc.), en las negociaciones turbias, como en las deslealtades.

Pero la etapa trascendente es la positiva, la que define la propia personalidad. Desarrollar una auténtica personalidad es llegar a ser la mejor persona que uno puede ser. Hay muchos que adquieren pseudoidentidades, adoptando conductas rígidas y estereotipadas, que siguen un libreto, en quienes se percibe algo no genuino, conos de sombras, incoherencias, discordancias, que hablan de falsedades o dobles intenciones. La identidad bien asumida se caracteriza por la naturalidad y la espontaneidad, por la trasparencia de los actos y la claridad en los propósitos. En este sentido, Juan el Bautista es un modelo notable de persona íntegra, coherente, con un sentido auténtico de vida. Sabía lo que no era, pero sabía perfectamente quién era. El se define como una voz que clama en el desierto, aludien­do a la profecía de Isaías 40: 1-11. Juan fundó su identidad en la palabra de Dios. Se encontró a sí mismo en la revelación bíblica; allí descubrió su misión y su llamamiento. Seguramente, las largas horas de estudio, meditación y comunicación con Dios, en las soledades del desierto, lo convencieron de la finalidad de su existencia. Entonces asumió su destino. Se comprometió con la tarea y la llevó adelante hasta sus últimas consecuencias, ya que entregó la vida en la causa.

En el relato que transcribimos hay un malentendido que hace a la cuestión. Los "enviados" parecen no entender la respuesta del Bautista, porque siguen interpelando. Juan contesta la pregunta, ¿quién eres tú? Habla de su ser. Pero los judíos, en realidad, querían saber sobre el hacer. Cuando lo interrogan por quien era, en definitiva preguntan "¿qué es lo que haces?" o "¿por qué haces lo qué haces (bautizar) si no eres el profeta?" Juan responde desde su ser, desde su misión, presuponiendo que el ser es quién legitima el hacer, lo que define el campo de acción y el ámbito de las intervencio­nes. Sin embargo, el silencio final deja la sospecha de que tal mensaje no fue entendido. Ellos estaban hablando desde el lugar del poder como legitimador de la acción. En esencia, la pregunta de los inquisidores sería: "¿Con que autoridad haces esto? Si no eres el profeta ni el Mesías, ¿quién te dio derecho para predicar y bautizar?" Lo cual significa, para predicar y bautizar “necesitas de nuestra autorización, como jefes religiosos, para ejercer esa actividad que está bajo nuestra juris­dicción”.

Esta asunto de “identidad y poder”, determina dos posiciones opuestas, según se privilegie una u otra postura. Para los “fariseos” la identidad está supeditada al poder. Una persona es en función de lo que disponga las autoridades, haciendo de la identidad algo dependien­te, súbdita de los poderes vigentes, al servicio del papel asignado por otros. Desde esta posición, el hombre carece de independencia moral y autonomía mental para llevar adelante el propio proyecto de existencia. En contraste, el Bautista prescinde de criterios exógenos para afirmar que la identidad es autogenerada y autosuficiente. Su autoridad proviene de Dios, de su misión, la cual legitima su hacer y ser. Precisamente, en función de ella es que Juan termina predicándoles a los “enviados”, ya que descubre que "no conocían" el auténtico poder de Dios, por eso el diálogo finaliza con la oferta a buscar a quien viene después de mi -la persona de Jesucristo- que puede hacerlos hombres nuevos.

La figura del Bautista emergiendo entre las dunas del desierto de la historia dibuja progresivamente un hombre representativo de la personalidad plena y consumada. Fue una voz vigorosa y severa que denunció la corrupción de los poderosos, predicó la justicia, exhortó a abandonar la inmoralidad. Constituyó la conciencia moral de su tiempo, con un llamado al arrepentimiento. Juan el Bautista fue un hombre comprometido con su misión, siendo leal a ella hasta el fin. Su ejemplo de entrega, integridad y hombría venció el tiempo y permaneció por los siglos.

Juan fue el último de los grandes profetas de la antigüedad y el primero de los mártires del cristianismo. Estuvo instalado en la articulación de los tiempos. Fue final y principio, una luz del pasado y un heraldo del porvenir. Pero ante todo fue un modelo de hombre, quien forjó una identidad permanente. Constituyó el paradigma de una convicción de existencia edificada sobre la Palabra, de alguien que descubrió en las honduras de su ser y en la soledad del páramo, la voz celestial que descifró su génesis y destino. De allí es que emerge como una figura integra y auténtica, densa y sólida. Una luz que ilumina esta época hipermoderna, también instalada en una coyuntura histórica clave, cuando debemos tejer la trama de una identidad que nos identifique con el Bautista del porvenir, el Elías de la profecía (Mal.4:5-6).


Dr. Mario Pereyra
Director del Centro de Investigaciones Psicológicas
Facultad de Psicología
Universidad de Montemorelos, NL, México

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