Decisiones injustas


Decisiones injustas
Brenda Pereyra Cousiño

Esa mañana estaba preocupada. Tenía que tomar una decisión sobre mi futuro laboral que definiría el próximo año de mi vida. Con ese pensamiento en mente, fui al hogar de mujeres víctimas de violencia donde veníamos desarrollando un proyecto. Al llegar me encontré con María. “¿Qué pasó María que no te ha visto en las últimas semanas?”, le pregunté. “ No he estado bien, estoy deprimida”. Me respondió. Y luego empezó a relatar su historia.

Había llegado a la Argentina unos meses atrás. Vino siguiendo a su esposo quien buscaba mejor suerte en este país. Sin embargo, la suerte les había sido esquiva una vez más. Habían vivido como allegados en diferentes casas de familiares en villas de emergencia en la ciudad. La frustración había ido creciendo y él se puso cada vez más violento. Todo le molestaba, todo lo irritaba hasta que un día golpeó fuertemente a su hija discapacitada. Para ella, esa fue la señal de que no podía seguir viviendo con él. Había soportado mientras los golpes iban hacia ella, pero no podía permitir que su hija sufriera más aún. Averiguó y supo de ese hogar que recibía mujeres víctimas de violencia. Sin embargo ahí no permitían a niños varones. Así que decidió irse con su hija y dejar a su hijo con su esposo. Esa decisión no había sido fácil y cada día se despertaba tratando de descifrar la forma de poder estar junto a su hijo que extrañaba tanto.

Pero la angustia de María no era sólo esa. Estaba embarazada de 6 meses y había decidido que entregaría a su hijo en adopción al nacer. Ella, en esas condiciones, no tenía mucho que ofrecerle. “Dicen que los padres que adoptan son buenos, ¿no?” Me preguntó. “Creo que ellos le podrán dar un mejor futuro del que le puedo dar yo”, agregó como tratando de reafirmar su decisión. Me miró a los ojos y con lágrimas dijo: “Es una decisión que hago por amor”.

Amartya Sen, premio nobel de la paz por sus estudios sobre pobreza, dice que la pobreza se asocia con las capacidades. La capacidad no está solamente preocupada por los logros, sino más bien con la libertad de elección que es en sí misma de relevancia trascendental en la calidad de vida. Por lo tanto la pobreza está asociada a la carencia de opciones y por lo tanto la limitación en la capacidad y libertad de elegir la forma de vida que le otorgue bienestar en función de sus propios valores.[1]

¿Es una persona pobre libre de decidir sobre su propia vida? ¿Tiene las capacidades para elegir cómo quiere vivir? ¿Decide vivir en un asentamiento? ¿Decide pedir en la calle? Sí. Siempre es una decisión. El tema es qué opciones tengo, y qué opciones veo como posibles y qué costos imagino aparejados a cada una de ellas. Opto entre vivir en una villa, o en la calle, u ocupar una tierra. Opto entre el mal menor, al menos desde mi punto de vista. Opto por los trabajos que puedo conseguir con las oportunidades que me ha dado la vida, muchos de los cuales no me darán los ingresos suficientes para asegurar la subsistencia básica.

Recuerdo que hace unos años atrás conocí a un chico en un encuentro donde se buscaba definir la agenda de lo que luego sería la Convención en contra del Racismo, la Xenofobia y otras formas de intolerancia. Ahí él buscaba representar los derechos de los niños trabajadores. Según él las normas en contra del trabajo infantil limitaban los derechos del niño al trabajo. Y me dijo “si no trabajamos, nuestras familias se mueren de hambre”. Si, el niño tiene derecho a decidir si quiere morir o estudiar.

Un país es más injusto cuando el lugar donde se nace en la estructura social marca más las posibilidades de desarrollo de las personas. Donde, si nací pobre, tendré una mala educación, y pasaré hambre lo cual dificultará mi capacidad de estudio y mi defensa ante las enfermedades. Donde, si logro sobrevivir la niñez, tendré que trabajar muy joven en trabajos muy mal remunerados que no me permitirán comprar una casa. Como no puedo comprarla tendré que ocupar un terreno donde pondré mi casilla y tendré que enfrentarme a la policía que intentará sacarme del lugar y el oprobio de la sociedad que me mirará con desprecio. Como vivo en el asentamiento no lograré tener buenos trabajos ya que considerarán que no soy una persona confiable. Y me sentiré atrapado por una pobreza de la cual no logro salir.

Es muy fácil juzgar desde afuera las decisiones de los sectores más pobres, especialmente si lo hacemos sentados en el sillón mirando la tele. Desde ahí todos imaginamos un país lleno de oportunidades donde las personas deciden tomarlas o no. Deciden trabajar o no. Deciden alquilar una vivienda o no. Deciden mandar a sus hijos a la escuela o no. Y todos imaginamos una sociedad donde la pobreza es una decisión individual en una sociedad que ofrece igualdad de oportunidades para todos, pero sólo algunos de ellos deciden tomarlas mientras otros deciden seguir siendo pobres.

Lo más injusto de los países injustos es que además de no brindarles los elementos básicos para la subsistencia, los hace a ellos responsables de sus “decisiones”. Es más, los hace responsables de su propia pobreza y de su incapacidad de asegurar su subsistencia. Y por lo tanto, los mira con desprecio y con miedo.

María y yo estábamos tomando decisiones ese día. Pero decisiones con implicancias muy diferentes. Mientras yo me daba el lujo de decidir cuál de las opciones me daría a largo plazo un mayor desarrollo personal, ella decidía por amor entregar a su hijo que hoy no podía sostener. ¿Podemos imaginar una mayor injusticia que esa?

No podemos cambiar el mundo injusto que nos rodea, al menos en el corto plazo. Lo que sí podemos hacer es tomar conciencia de su injusticia y que en ese reparto de oportunidades muchos de nosotros hemos salido muy favorecidos. Y eso nos hace más responsables de devolver algo a quienes han salido desfavorecidos. Cuando los miramos reconocemos que ambos somos víctimas de una sociedad desigual donde ni él ni yo elegimos el lugar donde nacimos pero ese hecho fortuito marcó el futuro de nuestras vidas. Y cuando yo reconozco eso miro a María y a todas las Marías con admiración porque han hecho mucho por honrar su vida con los recursos muy limitados que disponen. Y cuando miro a las decisiones injustas que tiene que tomar diariamente, no me siento capacitada para juzgarlas.

Brenda Pereyra Cousiño es Licenciada en Trabajo Social, Magister en Ciencias Políticas y actualmente trabajando en una tesis doctoral. Es Directora Académica de SIT/Study Abroad – World learning y profesora de la Universidad Nacional de Lanus, en Buenos Aires. Es autora de artículos de su especialidad publicados en libros y de artículos para la Revista Vida Feliz, publicada por la Asociación Casa Editora Sudamericana, en Argentina.

Referencia

Sen, Amartya. (1993). Capacidad y Bienestar. In M. Nussbaum and A. Sen, eds. La calidad de vida. New York: Oxford Clarendon Press

5 comentarios:

  1. Brenda... tus líneas me han dejado el eco de la conciencia social enseñada por Jesús (Mateo 25). Una vez, tras reflexionar en ese "examen de la existencia" anoté: "No haber hallado a Jesús en la vida de los que mal viven, es haber perdido a Jesús para toda la vida". Me sonó fuerte, pero al volver a la Biblia... no encontré otra conclusión. Gracias. El Cielo iluminé a las Marías, y a Brenda en sus decisiones...

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  2. Gracias Brenda por ponernos de frente a una realidad que muchas veces evadimos observar. Preferimos quedarnos en nuestra zona de confort, antes que intentar entender.

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  3. JustIcia no es igualdad como lo presenta Jesús en la parábola de los obreros a quienes trabajando menos se les paga primero e igual que a los que trabajaron todo el día ... Mientras vivamos en este mundo lleno de miseria la justicia siempre estará supeditada a situaciones que la vuelvan menos justa o mas justa ... Mi consuelo es que finalmente tenemos la esperanza de que esto que vivimos no es para siempre

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  4. MUY objetivo y profundo tu articulo; solemos juzgar "los toros desde la barrera". Que terrible es no tener algo tan esencial como son oportunidades. ¡Ven pronto Señor Jesús!

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  5. Brenda, muchas veces conversamos sobre ésto! Qué bueno haberlo volcado con tanta claridad. La liberdad de decidir asociada a las limitaciones, a las oportunidades, al día a día y sobretodo al Otro que mira pasivamente, sin entender y sin involucrarse!
    Te mando un abrazo

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