Verdad y sentimiento. Alfredo Campechano



Verdad y sentimiento 

Alfredo Campechano 
Escritor originario de México



El libro de los Salmos, obra cumbre de la poesía hebrea, registra algunas de las expresiones más vigorosas de las emociones humanas. En el exilio, presa de nostalgia por la casa de su Dios, el salmista alza su lamento:

“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía” (42:1);

suspira ante lo efímero de la vida:

“Ciertamente como una sombra es el hombre;

ciertamente en vano se afana” (39:5);

y en la euforia exulta:

“Todo lo que respira alabe a Jehová” (150:6).



En el libro segundo de Samuel, David endecha a su entrañable amigo Jonatán y al rey Saúl:

“¡Ha perecido la gloria de Israel sobre tus alturas!

¡Cómo han caído los valientes!...

más ligeros eran que águilas, más fuertes que leones” (2 Sam. 1:19, 23).


Poesía en toda la Biblia

Así, la Biblia nos ofrece algunos de los más profundos y sentidos pasajes poéticos. Y no solo los Salmos o el libro de Job, o el Cantar de los Cantares nos tocan las fibras más sensibles; hay poesía en el Génesis, en el Deuteronomio y en los Evangelios, en el Eclesiastés y en los Proverbios.

¿Cómo no conmoverse con las palabras del Mártir del Gólgota en la víspera de su sacrificio: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (S. Marcos 14:34)?;

¿o con la bendición de Jacob a José en Egipto:

“Las bendiciones de tu padre

fueron mayores que las bendiciones de mis progenitores;

hasta el término de los collados eternos

serán sobre la cabeza de José” (Gén. 49:26)?

Sí, abundan en la Biblia los pasajes poéticos. Toda ella es inspirada por el Espíritu Santo, toda ella rebosa en sabiduría. Y en imágenes vigorosas, expresivas.

Aunque es un libro esencialmente teológico, y abunda en verdades que abisman el intelecto, también, como una vid en tiempo de cosecha, la Biblia está cargada con racimos de metáforas, hipérboles y comparaciones. Aun si el lector no tuviera otro interés en la Biblia que el literario, eso bastaría para enriquecerlo con lo mejor de la poesía y la narrativa.

El Dios de la belleza y la armonía, se expresa en la Biblia a través del estilo humano. Así, Amós, el poeta y campesino, exhorta al pueblo que ha faltado a la justicia social:

“Corra el juicio como las aguas,

y la justicia como impetuoso arroyo” (Amós 5:24).


Oseas, al referirse a la elección y liberación de Israel de parte de Dios registra el sentir divino:

“Con cuerdas humanas los atraje,

con cuerdas de amor” (11:4).


Cuando anuncia los juicios de Dios sobre el pueblo descarriado profetiza:

“Serán como la niebla de la mañana,

y como el rocío de la madrugada que se pasa;

como el tamo que la tempestad arroja de la era” (Ose. 13:3).


Y al referirse a la postrera misericordia de Dios y a la restauración futura del Israel bíblico, declara:

“Yo seré a Israel como rocío;

él florecerá como lirio” (14:5).


Sofonías describe algunas manifestaciones del gozo de Dios por el encuentro con su pueblo:

“Jehová está en medio de ti, poderoso,

él salvará; se gozará sobre ti con alegría,

callará de amor, se regocijará sobre ti con

cánticos” (3:17).


El amor conyugal halla una de sus más elevadas expresiones literarias en el Cantar de los Cantares.

“Yo soy la rosa de Sarón y el lirio de los valles” (2:1), dice metafóricamente la esposa. Y alude al esposo:

“Mi amado es para mí

un manojito de mirra...

Racimo de flores de alheña

en las viñas de En-gadi

es para mí mi amado” (1:13, 14).


Por su parte, el esposo, alza el reclamo:

“Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven...

se han mostrado las flores en la tierra,

el tiempo de la canción ha venido”

(2:10-12, 14).


Y anhelante por consumar la unión conyugal declara:

“Hasta que apunte el día y huyan las sombras,

me iré al monte de la mirra y al collado del incienso” (4:6).


Ella responde con la invitación a la intimidad:

“Venga mi amado a su huerto

y coma de su dulce fruta” (4:16).


Las grandes plumas


Grandes creadores en lengua castellana mojaron sus plumas en la tinta de los pasajes bíblicos más dramáticos y legaron al mundo obras imperecederas. Abundan en El Quijote las alusiones a la Biblia, Lope de Vega nos conmueve con su evangélico soneto que comienza:


¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue Señor mío,

que a mi puerta cubierto de rocío

pasas las noches del invierno duras?


Y Amado Nervo nos recuerda que contemplar a Jesús no basta, es necesario seguirlo:

Si tú me dices ven, lo dejo todo...

No volveré siquiera la mirada

para mirar a la mujer amada.


Rubén Darío, por su parte, le ofrece el corazón al Cristo que desciende majestuoso:


Y tu caballo blanco, que miró el visionario,

pase. Y suene el divino clarín extraordinario.

Mi corazón será brasa de tu incensario.


No solo los temas son bíblicos, también las figuras literarias. Lope alude al Cristo del Apocalipsis que llama a la puerta del alma, Nervo a las oblaciones que se quemaban en el altar, y Darío, al apocalíptico Rey de reyes que viene por su pueblo.

Jorge Manrique, San Juan de la Cruz y Fray Luis de León en España; Fray Miguel de Guevara y Salvador Díaz Mirón en México; y Gabriela Mistral en Chile, por citar algunos de los poetas de habla castellana, nos legaron también admirables poemas de inspiración bíblica.

El alma toda se estremece al detenerse en el soneto “A Cristo crucificado”:


No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.


Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en esa cruz, y escarnecido,

muéveme el ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.


Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo yo te amara,

y aunque no hubiera infierno te temiera.


Nada tienes que dar porque te quiera,

porque si lo que espero no esperara

lo mismo que te quiero te quisiera.



Conclusión

Todo el que busque poesía sublime, hallará en la Biblia el clamor de Job, la euforia del Israel liberado, la melancolía del David desterrado, las cavilaciones de Salomón, los lamentos de Jeremías y las descripciones de la tierra renovada en la pluma de Isaías. En todas ellas hay poesía.

No es extraño que los grandes poetas y escritores recurrieran a la Biblia, y no solo para nutrir su acervo, también para paliar sus penas o hallar paz en la hora postrera. Fue así como, con su último aliento, Stevenson pidió la Biblia, y Jorge Luis Borges repitió el Padrenuestro en inglés, francés, alemán y castellano, y expiró.

Lo invito sumergirse en las profundas aguas de la poesía bíblica. Descubrirá nuevas aventuras para el espíritu, y quién sabe si en esa exploración haga usted el hallazgo de su vida: se encuentre con “la perla de gran precio”, “el tesoro escondido” —el Señor Jesucristo—, quien dijo acerca de las Escrituras: “Ellas... dan testimonio de mí” (Juan 5:39).

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