Frente a la cruz. Juan Francisco Altamirano



Frente a la cruz 

Juan Francisco Altamirano

Reflexiones en torno a Cristo crucificado


“¿Quién entregó a Jesús a la muerte? 
No fue Judas, por dinero; 
no fue Pilato, por temor; 
no fueron los judíos, por envidia; 
sino el Padre, ¡por amor!” 
(Octavius Winslow).


Estoy al pie de una cruz, la tuya. No dices una sola palabra. Eres mensaje para el corazón. Tu silencio le da voz a mis pensamientos. Incontrolada, mi existencia grita hacia adentro. En sus cavidades resuenan los susurros de tu fugaz ocaso. En esta cumbre sin tonos otoñales, se dibuja herido el porqué de lo eterno. La vida no puede ser y ser sin sentido.

Aquí me retienes. Me estremezco. No contemplo un collar de estrellas fondeado de un cielo virgen de claridades. Es una barbarie. Luces desfigurado tras las atrocidades. Prefiero ver al suelo. Lloro en seco. Los ojos soportan más la silueta incompleta proyectada sobre el piso. El cuadro es insoportable. Este no es un sagrario de ángeles; es un cónclave de demonios.

Tu muerte convoca y atrae. Una cita con el destino. Se desvanece la conciencia por la debacle de tu amor. Hay contrición. Mi pecho se inclina. El furor de la tormenta hirió sin compasión tu espíritu sereno. Poco a poco te vacías hasta dar por nosotros tu última gota. Los pinceles de la inspiración se mojan con lágrimas rojizas, las tuyas, las últimas.

Se extingue tu vida para dar razón, esperanza y vida con sazón, a los restos de las nuestras. Emana de tu corazón un sagrado aroma de favor inmerecido, que no se disipa con las fétidas groserías, arrojadas por el irreverente vocerío hiriente.

El peso de la noche aplasta de desamparo. El sol se ha apagado sin el deseo de volver. Las aves volaron a asilarse donde nace el horizonte. Todos te abandonamos. Hay mascotas más afectuosas con sus amos. El oxígeno no soporta las toxinas de nuestras indiferencias. Es la asfixia de la atmósfera. Jesús, la vida sin ti se acaba. Se apaga lenta y agonizante como una vela que opaca impotente su agónica llama.

Mueres abrazado a nuestros pies, aunque huyamos. Te herimos desde adentro y aun insistes en amarnos. Nos fuimos en estampida sin darte las gracias. Si alguna vez te vimos hoy no sabemos quién eres. Parece un cuento. Tú, el Creador de todos sin nadie contigo. Y te ausentamos en todo. No hicimos canciones nuevas para tu amor. La guitarra suicidó sus cuerdas. El concurso se ha declarado desierto. El verso quedará huérfano sin tu inspiración. Tu delito es amarnos. Y un rechazo con alevosía es la respuesta desde nuestras intenciones. Te amamos cuando odiarte no nos favorece.

Te bordean demonios encubiertos de humanidad. Embusteros. Más impuros que los insectos de la ocasión. Corruptos piadosos. Envenena la conciencia verlos. Los veo y me encuentro. ¡Qué horror! Otro de mis retratos. Son como yo. Ingratos. De tu confidente me deformo en traidor. Ayer te buscábamos para favores, hoy las ofrendas son carcajadas ensalibadas de sarcasmo.

Hiere el pecho hallarse en una masa deshumanizada, donde los cojos sanados ahora saltamos para celebrarte nuestras evacuaciones de maldiciones. Ayer tus restaurados hoy tus desfiguradores. A palos desalmados con nuestros gestos retorcidos, energizados con un odio siempre irrazonable. Con la violencia de nuestras miradas bestializadas dispuestas a subestimarte. Como canes, o peor quizás, nos soportas adictos a la rabia.

Nunca nuestros escupitajos han sido poéticos. Perdona nuestros tributos a la hipocresía, Señor. Religión de falsedades. Mi Jesús, te veo hecho un guiñapo. ¡Perdóname! ¡Perdóname! ¡Qué grotesco, pero no puede ser algo inferior! Encarnaste lo peor de nuestra infectada condición. Bajo la basura de toda esta vulgaridad humana te miro con el alma nauseada. Has estallado por dentro. Eres una prosa de amor violada con la daga del odio: el nuestro. Aquí no encuentro pétalos tersos. Arrugado de dolor, luces marchito. Aplastado antes que desplomado. Tu polen dejó de ser intenso. La palidez de la muerte ya se te anunciaba.

Te cerceno con mi ausencia. No estoy cuando me necesitas. Navidad de cementerio. Jesús, me debiera doler que no me importes. ¿Y quién investiga por tu inocencia? El rocío sollozante gime porque no gesticulo ni una mueca de dolor. Soy una morgue viviente. Debiera sentir que poseo sentidos leprosos, insensibles. Hasta desconfío de tus heridas. Al sufriente se le pondera con más sospechas que a los criminales. Mi compasión por los abusados ha muerto con un gélido cadavérico.

Una vez me diste calor, la sonrisa joven, tu mano amiga y tus rizos al viento. Hoy no me asomo por la ventana de mi conciencia. Te evito. Arisco esquivo tu mirada con el disimulo de mi superioridad. Mejor te ignoro. El desprecio dolería menos. Si me apiadara de ti entonces me apiadaría de otros. Por mis venas viaja talvez vinagre en vez de sangre. Y tu compasión siempre regresa con gracia. Sin esa ira reprimida que marca distancias. Como el amor muchacho, idílico y soñador. ¿Nada a cambio? Entiendo. Tu gracia no se compra, se acepta.

Jesús, tu dolor nunca será nuestro. Ni alfa de simpatía. Es que el dolor ajeno siempre ha sido eso, un extranjero en nuestra piel. Algo para desconfiar, sospechoso. ¡Perdónanos, oh Dios! Odiamos cuando no amamos. Las espinas se afinan mejor con los dedos empuñados para la crítica. O recogidos egocéntricos para negarse al sacrificio por otros. Nuestras manos volverán a unirse en la urdimbre de otras burdas coronas. Coronamos de desamor, abierto o encubierto, etiquetando a quienes no piensan como nosotros, no nos gustan sin culpa o porque no se prestan para nuestros bajos propósitos.

No te veo como el Amado, más bien como un execrado. ¿Por qué hacerlo por nosotros? Mascotas de la desobediencia. Tu amor no ha sido correspondido. El amor tuyo es un amor mendigo. Ansioso. Persistente. Insatisfecho, humillado y resistente. No ha habido intemperie que no la soporte. Dispuesto a pernoctar debajo de cualquier puente o en la banqueta de un parque incógnito, en espera de asomarse cuando sienta el peso de nuestros pasos. Jesús, ¡qué manera de amarnos la tuya!

Adentro es invierno y alrededor de tu cruz arde el infierno de nuestro menosprecio, disimulado hasta ahora con algunos envoltorios de inmaculada apariencia. La reputación no cuenta. En el Gólgota no hay secretos. Se revela a Dios y se descubre al hombre. Lo sagrado del primero, lo degradado del segundo; el carácter de ambos.

Optamos por tus retazos. La evidencia amarillista que ha sobrado después de la violencia. Lo que logramos luego de la disputa por el mejor postor. Que sea como otro de nuestros logros. ¡Qué formas de preferir el autoengaño! Un pedazo de manto bañado en sangre. Para llorar por ti cuando ya no estés mientras la vecindad escenifica con desgarro otro amor que duela. ¿Negocio o recuerdo? Otro de nuestros amuletos. No te creemos a ti, solo creemos en lo que se deje manosear. Lo que podamos colgar o descolgar a conveniencia. Que no hable para que no interrumpa. Adoraremos tus símbolos con sus tallas. Nuestras conciencias nunca serán sacudidas. Seremos samaritanos con nuestros pozos de rituales, vacíos de trascendencia.

Malhechores, ‘buenos’ o ‘malos’, todos somos forajidos. Junto a ti, igual crucificados, nos representan dos. Uno para la izquierda del libertinaje y el otro para la derecha del fariseísmo. El primero porque nada condena, niega al Diablo y reduce la maldad a un punto de vista, y el segundo porque a todos diaboliza, pero menos a él. Tu presencia en el centro salvará a ambos de sí mismos, si así lo admiten. En este pináculo de suplicio el yo siempre será un vil desperdicio.

Dios no está aquí. La rebelión se ensañó implacable sobre el amor. No fueron elogios. Hasta lo extremo; sin límites. Nadie en su defensa. El gentío evade al infortunado asaltado en la pasarela del boulevard. No hubo hermano mayor para ayudar. El silencio divino parecía otro cómplice. La ausencia de la divinidad describe el carácter de la malignidad. El pecado no es una descortesía y nunca ha sido apenas una broma inculta. Si costó la vida de un ser divino, pecar no es cualquier cosa. Jesús lo soportó todo. La justicia quedó crucificada. Piel por piel. Gota por gota. Sobre sí asumió el peso de la inmoralidad. Dios se fue porque el pecado no merece su presencia. Jesús se hizo pecado por nosotros.

Los culpables nos elevamos a jueces. Decidimos que el pecado es un giro cultural nomás, o una enfermedad heredada. Que la muerte de Cristo fue un masoquismo y no una dádiva en sacrificio. A Jesús se le tortura ahora sobre el calvario de nuestros mutuos menosprecios. Nuestros escupitajos mezclan voces de cantos rituales en horarios de culto, con risas vulgares por chistes obscenos en la hora de descanso en el trabajo. Contritos en el templo y profanos en las búsquedas en Google.

En el confesionario de mi pecho, cuando oigo de tus labios una intención mansa con un débil grito de perdón, clamo al Dios colgado que sacuda de mi historia los recuerdos amargados, viejas ofensas que de tiempo en tiempo, revuelvo ardiente en la olla de mis rencores. Su voz atraviesa mis sentidos hasta limpiar lo resentido de mis íntimos pasillos. Su inspiración es indiscutible para decidir perdonar aun antes de haber sido ofendido, y ser así sacrificado sobre el altar ensangrentado de esta cruz universal.

¡Contempla mi corazón al Amante que lo añora! Frente a esta cruz donde lo he contemplado, en amores me le inclino libre y espontáneo le confieso:

Creo en ti Jesús, pescador de menospreciados. Buscador de hombres en océanos de multitudes. El que llama a cambiar nuestras redes por las misioneras tuyas. Amo a este sencillo nazareno crecido en un pueblo de identidad deshonrada. Sanador que recorre las desérticas sendas de nuestros corazones, curando amores e irrigando esperanzas.

Jesús, por tu paso prodigio, donde hubo espinales habrá trigales. Tu ensueño auroral encamina desde el extravío ensombrecido a la alborada eternal, donde las sombras que intimidan ya no volverán jamás.

Adoro al Hijo de la israelita, el de la palabra mansa con timbre derecho, que con voz de gladiador subyuga sin violencia el ímpetu rebelde de mi yo en tempestad.

Jesús, conduce mi vida a cada instante sobre tus huellas voluntarias que ascendieron apostólicas a la cresta de las tres cruces. Recorra yo silencioso donde quedan las muestras salpicadas de tus dragadas heridas, para escuchar en tus llagas el llamado a mitigar con gozo, de otros sus injustas penas. Y que al curar al más inmerecido, recuerde honrado que esas siempre serán las tuyas.

Como tú, elévame a lo más bajo del servicio, hasta que muera a lo propio, sin honor ni gloria, en procura del bien de otros. Llévame, y que en el ascenso corone la cumbre del Cielo. Donde la bandera del evangelio se inmortaliza izada al viento libertario, con el beso solemne de la justicia y la misericordia. Ahí, donde la reconciliación es la proclama que retumba por las bóvedas del universo. Donde el Santo se anonada y eleva a los contaminados, y donde la admisión nunca tendrá restricción.

Mi Jesús, te recibo para envolverte con los lienzos de mi necesidad, en espera de resucitar de nuevo contigo.

Aquí, al pie de tu cruz, me inclino con la mente rendida para confesarte, con el corazón desnudo para recibirte, y con la voluntad sin resistencias para seguirte. Jesús, quiero ser solo tuyo. Así lo ansío y así lo elijo. Con gusto y por libre elección. Tómame y hazme ser para siempre tuyo. Amén.


El autor es escritor y reside en el Estado de Washington, 
desde donde escribe y colabora como uno de los administradores de HimnovaSión. 
Actualmente ejerce como pastor en la Conferencia de Oregon.
Sus escritos pueden ser leídos en www.jesusvistopordentro.com
y él puede ser contactado a través de aplantar@gmail.com, 
o seguido en Twitter: @Jesusvpdentro. 
Juan Francisco, es uno de los fundadores de la
Asociación de escritoras y escritores adventistas de habla hispana (ASEAH)

1 comentario:

  1. Hermoso. La poesía en los articulo de Jose Altamirano es la herramienta principal que Dios usa a través de él para conmovernos. La olística de sus expresiones , abarca casi cada experiencia de un cristiano con Jesús. Un abrazo en Cristo!

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