El arte de no escribir. Ítalo Violo



El arte de no escribir


Ítalo Violo


Tinta, letra y papel; ideas, emociones y vivencias; propósitos y despropósitos; todo y nada; tangible o intangible, cierto o falso; mi yo y mi herencia; eso y mucho más es el libro para mí.

Muchos libros no escritos se quedan en los sueños perdidos de quienes anhelaron contar la historia que hizo arder aquel corazón que puso en la boca de su protagonista la expresión frustrada de la pluma silvestre que jamás soltó su tinta.

Todos tenemos ideas que deseamos comunicar y hacer prevalecer en el colectivo. Todos vivimos hechos que por su significancia nos dan la certeza de que deben ser registrados para la eternidad. Quizá vale la necesidad innata que compartimos todos los seres humanos, la de perdurar para siempre. Si tan sólo nuestro nombre quedase registrado en algunas breves líneas de alguna obra literaria de valor, nuestro espíritu se sentirá satisfecho, en paz, resguardado del olvido. Así me lo hizo saber Nancy de Cabrera, una amiga presentadora de televisión que me entrevistó hace algún tiempo cuando me expresó: “Me sentiré contenta si mi relación contigo se hace digna de tan sólo una línea de uno de tus libros, tan sólo una línea con mi nombre.” De hecho, sin habérmelo propuesto, este artículo hará honor al deseo de aquella noble mujer.

Para ser escritor hay que escribir, escribir, escribir… ¿escribir? ¿tan sólo escribir? No, creo que no. Se necesita más, mucho más. Se requiere el alma y el corazón ardiendo por algo importante que decir, se necesitan ideas relevantes que cambien vidas para bien o para mal.

Quien escribe debe trascender y volcar lo que tiene en su mente de una forma diferente y original, cuyo mensaje trascienda y perdure en el tiempo.

Esto me trae al recuerdo un hombre con quien tengo mucho y nada en común, me refiero a José Saramago, Premio Nobel de Literatura, quien fue un personaje de ideas agudas y mordaces, escritor de libros y artículos, que, según mi parecer, tales como los poemas malditos de Rimbaud, hicieron más mal que bien. Por contraposición, preferiría a Borges, a Nervo o a Neruda. No obstante, Saramago tuvo cosas que decir
y lo hizo con maestría tal que pasó a la inmortalidad. Pero no solo escribió, también dejó de hacerlo. Habiendo pasado más de veinte años sin publicar afirmó que eso ocurrió porque “quizá no tenía nada que
decir”.

Es probable que todo escritor pase por tiempos de sequía, me ha pasado. Tiempo en el que pensamos que no hay nada, al menos eso creemos. Pero no, en el interior están las semillas esperando la estación perfecta para germinar.

Más que escribir, es necesario tener qué decir, luego el deseo se hará arte en letras y las letras recrearán una historia, una enseñanza, tantas veces como sea leída, de manera diferente según el ojo que la perciba.

Si no tienes una historia, buenas ideas, ni originalidad; si no hay fuego en tu alma y corazón, entonces empieza a vivir y lee en vez de escribir. A su momento las semillas germinarán, recuerda que mientras
reposa tu pluma crecen los árboles que morirán para dar vida y soporte a tus letras.

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